Propuesta de futuro: regresar al pasado…

Contrario a lo que hubiésemos esperado, la realidad de nuestro país huele a viejo.
Con la actual Administración del Gobierno federal, es la primera vez en toda la historia de México que el proyecto de futuro que se propone es el retroceso. Mediante el discurso político y las decisiones gubernamentales, se nos pretende convencer de que lo mejor es regresar al pasado, desandar el camino, reivindicar valores, esquemas de organización institucional y modelos económicos que los cambios en el mundo, y en nuestra misma nación, se han encargado de volver verdaderamente obsoletos.

Hasta 2018, con todo y los graves vicios e imperfecciones que aún prevalecían en nuestra vida pública y que, por supuesto, era y es apremiante corregir, el desarrollo estaba orientado hacia adelante, rumbo a un tiempo inédito y por construir: el futuro.

Los objetivos de esa visión estaban asociados al desarrollo de los demás países del planeta; objetivos de desarrollo sostenible en todos los ámbitos: económico, social, ambiental, de seguridad y gobernabilidad, como lo plantea la agenda de la ONU.

Hoy, por el contrario, los objetivos verdaderos de la transformación propuesta son abandonar el camino que, no sin obstáculos y dificultades, podría conducirnos a un desarrollo sostenible. Tal parece que la tarea del Gobierno federal es llevar al país a una condición de ruina económica, empobrecimiento acelerado, inseguridad pública, destrucción ambiental, precarización de la salud, de la educación y el desarrollo científico y, muy lamentable, profundización de la polarización política y socavamiento de las instituciones de nuestra democracia.

El empeño de ir hacia atrás se anima en un profundo resentimiento y en el propósito explícito de ayudar a los pobres (aunque las medidas que se adoptan agravan y reproducen aceleradamente la pobreza); arremete cotidianamente contra los sectores de la población que no están de acuerdo con ese anacrónico proyecto; embiste a los medios de comunicación que no aplauden y atenta contra la Constitución, las leyes y las instituciones legítimamente establecidas; amenaza a la sociedad civil organizada e incumple los compromisos establecidos con la comunidad internacional.

La política económica, por ejemplo, que hoy debería estar enfocada a lograr mayores niveles de crecimiento para generar más y mejores empleos y, con la pandemia de coronavirus, salir del hoyo en que el nos sumió el gran confinamiento, está diseñada para profundizar el ciclo económico de la depresión. Es una estrategia que desestimula la inversión, el empleo y la expansión de la economía.

La contrarreforma en materia energética es otro de los saltos que se pretenden dar hacia el pasado. Impulsar el consumo de combustibles fósiles, distorsionar el incipiente mercado para fortalecer los monopolios de Pemex y de la CFE solo redundará en mayores pérdidas económicas, contaminación ambiental, incumplimiento de los compromisos para mitigar el cambio climático, así como tarifas más altas de luz y de gasolina para la población.

La política de seguridad pública, junto con el manejo desde el oscurantismo de la pandemia, es otro de los fracasos estrepitosos del Gobierno federal, como lo reflejan las cifras de homicidios dolosos y el primer lugar mundial de letalidad en la crisis sanitaria del Covid-19.

Y algo doloroso, que impactará de manera muy negativa la calidad de vida de los mexicanos y condena a la precarización el desarrollo del país: desarticular los avances del sistema educativo y destruir las capacidades para impulsar el avance científico y tecnológico.

La política social, emblema de la Administración federal, no podría ser más perversa. En lugar de contribuir a elevar las competencias para producir y mejorar la calidad de vida, se enfoca al reparto de dádivas económicas que no generan ninguna responsabilidad del Gobierno para garantizar mejores niveles de bienestar. Es populismo puro: apoyo económico a cambio de lealtad política, aunque en poco tiempo, lo único que prevalecerá es la fuerza del autoritarismo. Huele a viejo. Mucho tenemos qué hacer para que este olor no se transforme en nauseabundo.

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