El colapso inesperado

Desde hace cien años en que se registró la pandemia de la gripe española, la humanidad no había vivido una situación global que trastocara tan radicalmente todos los aspectos de la vida social, como lo ha hecho la emergencia sanitaria de la COVID-19. Ha significado un verdadero colapso de la salud de la población, de la economía mundial y de condiciones que agravan la pobreza y la desigualdad social. Ha puesto en evidencia la irracionalidad de un modo de vida que se sustenta en la destrucción del medio ambiente y que, aunque todavía no se reconozca abiertamente por muchos gobiernos y clases dirigentes, ha llegado a su límite.

Las cifras más recientes de la Organización Mundial la Salud (OMS) dan cuenta que, desde el inicio de la crisis sanitaria en 2020, se han registrado en el mundo 340 millones 543mil 962 casos confirmados de personas contagiadas por el virus SARS-CoV-2, y han fallecido 5 millones 570 mil 163 personas. Si se revisa con atención, el número de personas que han muerto por la enfermedad no está relacionado con el tamaño de la población de cada país, sino más bien con la capacidad y responsabilidad que han mostrado los gobiernos en establecer una estrategia exitosa para contener el contagio, reducir las afectaciones a la salud pública y mitigar las negativas repercusiones económicas y sociales de la pandemia.

México ha registrado 4 millones 495 mil 310 casos de contagio y 302 mil 112 personas fallecidas, con lo cual ocupa el quinto lugar de los países con mayor número de fallecimientos, después de Estados Unidos, Brasil, India y Rusia.

La recuperación de la economía mundial que se inició en 2021, de manera desigual y titubeante, se va a desacelerar en 2022 al 4.1 %, de acuerdo con los análisis del Banco Mundial. La desaceleración será un reflejo de los continuos brotes de COVID-19, de la reducción previsible de los apoyos fiscales de los gobiernos a los pequeños y medianos empresarios (algo inexistente en México) y de la persistencia de las dificultades en las cadenas de abastecimiento (como ha sido la falta de suministro de chips semiconductores que ha afectado seriamente a la industria automotriz).

La verdad es que aún no se ve una luz al final del túnel. En los próximos años será muy difícil para una gran parte del mundo volver a los niveles económicos previos a la pandemia. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) calcula un déficit de 52 millones de puestos de trabajo a tiempo completo (tomando como referencia una semana laboral de 48 horas). Se estima que el desempleo mundial sea de 207 millones en 2022, con lo cual supera su nivel de 2019 en unos 21 millones.
Más altos indices de desempleo, más pobreza y desigualdad social, mayor precarización del trabajo de las mujeres y, algo muy preocupante, una posible emergencia alimentaria con afectaciones a largo plazo para cientos de millones de personas, son algunos de los efectos que puede producir la emergencia sanitaria de la COVID-19 en el mundo.

En nuestro país ha sido desastroso el impacto de la pandemia. A ello se debe agregar la extraordinaria incompetencia con la cual el Gobierno Federal gestiona la política económica, cuyos resultados se han observado en el decrecimiento histórico del PIB en los años recientes, el incremento de la población en condiciones de pobreza, en la inflación y en las condiciones de incertidumbre para los inversionistas, nacionales y extranjeros que podrían contribuir a crear mayor número de empleos e impulsar el crecimiento.

Solo para ilustrar. El empleo generado en la primera mitad de este Gobierno fue de 540 mil 783 puestos de trabajo, un 70 % menos que en los primeros tres años de la Administración Federal anterior.

Si no queremos enfrentar una situación de crisis económica y social, ingobernabilidad y una explosiva conflictividad social, es necesario que se haga un esfuerzo serio de rectificación de las políticas públicas. Asumir con responsabilidad, y con el apoyo de los científicos, la gestión de la emergencia sanitaria, restablecer el Estado de Derecho, tan deteriorado por decisiones erráticas, y replantear el curso del desarrollo que queremos en lo económico, lo social y lo ambiental.

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